Sobre la celebración del Día de Muertos

Aquellos a quienes amamos no desaparecen al morir: se vuelven invisibles. Las personas que han tocado nuestras vidas siguen ahí, forman parte de quienes somos de una u otra forma, quizá en los detalles. Todos los seres humanos dejamos una huella en este planeta, nuestras acciones, nuestras palabras impactan la realidad de quienes nos rodean, y la impronta permea, posiblemente por generaciones a los otros. Recordar a los muertos es revivir la huella que dejaron en nosotros, recordar el olor de la cocina de la abuela, cómo nos hacía sentir la presencia del abuelo, el timbre de voz de un amigo que se fue. Recordar a nuestros muertos es reconstruir nuestra propia historia.

Nuestro día de muertos es una oportunidad de recordar, de traer al corazón a los que se nos adelantaron mediante lo que los hizo vivir, lo que los hizo gozar en el mundo. En México volvemos a invitar a la vida a quienes ya no están en ella una vez al año, preparamos una comida especial para que el muerto, que está con nosotros de una forma distinta, se acerque un poquito a la vida a través de la luz, los olores, la observación, la escucha. Nuestros muertos se vuelven una presencia viva durante dos días… y en el proceso, año tras año vamos entendiendo que un día seremos nosotros los que no estemos, los invitados a la fiesta.

Las culturas originarias de América buscaban el orden en los ritmos de la Naturaleza, no como un propósito deliberado sino que en ella encontraban las respuestas a las grandes preguntas existenciales del hombre y en sus rituales replicaban estos ritmos. Las prácticas religiosas, buscando la armonía con la Naturaleza, formaban una serie de ciclos recurrentes.

Los Mexicas, por ejemplo, tenían muy claro que la vida no puede entenderse sino tomando en cuenta la muerte. Veían el ciclo completo de la vida y la muerte como parte de un ritmo cósmico eterno e inalterable.

La vida, en la mitología Mexica, surge siempre de la muerte. Para crear al hombre, Quetzalcóatl visitó el inframundo, y le pidió al Señor de la Muerte que le entregara los huesos de los difuntos, los trajo luego a la Tierra y separó los huesos de varón de los huesos de mujer y se los dio a la diosa Chihuacóatl- Quilaztrli para que los moliera y los pusiera en una vasija preciosa. Sobre esta vasija Quetzalcóatl derramó su sangre y de esta mezcla, de lo muerto y lo vivo, nació el Ser Humano.

La fiesta de Muertos que vivimos hoy en día en México es sin duda una de las más arraigadas en el corazón de nuestro pueblo, porque además de traer a la memoria a nuestros muertos, es una celebración de la vida: una oportunidad para dar gracias a nuestros ancestros que en cada región del país se vive de una manera distinta: En la Península de Yucatán, por ejemplo, la fiesta se llama Hanal Pixán, después de cuatro años de “dejar descansar” al difunto durante cuatro años, sus restos son desenterrados y cuidadosamente limpiados por sus parientes, durante una fiesta donde se come Mucbil Pollo (pollo que ha sido enterrado) y se toca la música de difuntos. Después, los restos son colocados en una urna y desempolvados cada año.

Las tradiciones se construyen tomando el pasado como referencia y con miras hacia el futuro, hacia su preservación. Pero son nuestras, pues somos nosotros quienes las ejecutan en el presente. La tradición se reinventa en cada uno de nosotros y dejamos nuestra impronta en lo que será en el futuro, así que celebremos la vida y celebremos que nuestros muertos vivieron. Tomemos la tradición en nuestras manos, transformémosla si es necesario. Vivámosla.

 

Paula  C. Gómez Cover

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